El color de una lágrima

Todo depende del lugar, la ocasión o el momento.

En un campo verde, rodeado de personas que no hablan, las lágrimas pueden ser color de melancolía. Mientras leés un cuento o cantás una vieja canción francesa podés ver ese color, podés sentirlo y vivirlo.

Si la ocasión es conocer la vida de otra persona, alguien quien realmente te importa, las lágrimas serán al inicio color tristeza, luego pasarán a ser melancolía y luego a felicidad. Sí, la felicidad de poder haber dicho tanto… tal vez sin detalles, esos no importan. Lo que importa es la felicidad luego de contar tanto y que quedaron en un pañuelo. Aunque esta parte no es personal, y hablo del color de otras lágrimas, las mías  fueron color silencio. Su color fue tan fuerte que ni siquiera se mostraron. No podían. Ellas solo estaban para escuchar, para ser apoyo de lo que sentían.

Los momentos se vienen sin que uno lo espere. Puede que existiera una advertencia que se venía uno… puede que te adelanten de que se trata, que vas a ver… pero es hasta que lo vivís que lo sentís. Es en ese momento que nacen lágrimas de otro color.

Si el lugar, la ocasión y el momento se juntan, al lado de un regalo, las lágrimas son color amor. ¿Por qué? Indagar en alguien, tomar el tiempo, el deseo de otra persona por algo que no tuvo cuando lo quiso y darlo en un lugar inesperado, en una ocasión importante hacen que del momento solo broten lágrimas color amor. 

Tal vez, las viste, tal vez no, pero sé que las sentiste.

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Aún, el sujeto.

¿Cuál es la palabra más valiente?

Hay situaciones que convierte a unas palabras más importantes que otras. Une sentimientos (o los separa), pueden iniciar guerras, conflictos, romances o simplemente bromas y chistes.

Pero Aún siempre se ha destacado. No solo para mi, para todos, pero lo qué pasa es que nadie se ha dado cuenta y eso es lo que lo hace aún más valiente.

Aparece cuando se necesita y nadie entiende la magnitud de lo que hace y lo qué pasa si no aparece.

Aún es como ese amigo, compañero, familiar o persona desconocida que aparece cuando no lo necesitásemos o creemos que no.

Aún es valiente porque esta cuando necesitamos esperanza. Cuando queremos darnos a nosotros mismos (o a otros) esa valentía de querer algo, ahí estará.

¿Un ejemplo? Aún puede cambiar todo el sentido de una oración. La puede hacer pasar de negativa a inspiradora. Puede cambiarnos la manera en que pensamos de algo.

Esperás escuchar de alguien algo, lo dice, pero no te da el sentimiento que soñás, mas en ese momento, al final de la oración aparece.

Aún, no solo es mejor de lo que esperaste, te hace creer en un nuevo futuro, aunque no querás pensar más allá de hoy.

Aún es ese que hoy te hace sentirte no mejor, sino, es ese genio que no te cumple deseos, sino, el que te hace desear más.

“Aún te quiero aquí”… en una oración como esa… Aún es más valiente, porque se coloca de primero para no esconder lo que se siente.

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La condensación de las palabras.

Generalmente no la vemos. Vemos el efecto en las mañanas, en hojas, pero no vemos como se forma. Ese momento en que es todo lo contrario a evaporar algo.

¿Qué se puede entender por evaporar?

Desaparecer. Eso me hicieron creer en la escuela cuando me explicaron los cambios de estados de la materia. Evaporar es cuando algo líquido se transforma en algo gaseoso. O sea, desaparece, o al menos para nuestros ojos. En fines de esta historia corta, o mejor dicho, confesión corta, la evaporación será el momento en que algo líquido desaparece.

¿A qué viene todo esto con el título de esto?

Bueno, todo parte de una situación. Primero ubiquemos el momento como una noche en que no se esperaba más que una conversación, una de esas profundas e íntimas que suelen ocurrir. Si bien el lugar con precisión no se conoce y no viene al caso, la estructura de la situación fue perfecta. Todo oscuro, una pequeña luz que brotaba que iluminaba esos ojos, esa sonrisa.

Las palabras hicieron del momento perfecto, y estas llevaron a otras y a otras que fueron construyendo un lugar donde todos los miedos empezaron a evaporarse.

Sí. Los miedos empezaron a evaporarse y sin darse cuenta, y un poco incómodas la posición en que estaban las palabras, empezaron a condensarse. Condensaron sueños, planes y otros cosas que nunca se dijeron, porque sí, al menos solo en una cabeza pasaron todas estas, la otra, pues tendría que contar su historia, hoy es la mía.

Es curiosos como todo puede cambiar en momentos, en segundos. Se traspasa una frontera de nombres y cuando te das cuenta estás en un país de ilusiones, un mundo real, del cual no querés escapar, solo querés estar ahí, sonriendo, porque ves a alguien sonriendo y eso, hace que te sentís pleno, feliz, como que tenés un sentido en la vida.

Volviendo a la condenación y evaporación y así no perder el hilo de esta confesión, esto fue lo que pasó y se resume de una manera muy práctica:

Los miedos se evaporaron, se hicieron un gas invisible que no nos dejó pensar en nada más. Este gas inspiró palabras. Palabras que nos llevaron una vez más a encontrarnos y convertir dos corazones en una solo. El latido de este corazón fue tan fuerte que se unió a las palabras e hizo que el gas, empezará a transformarse en agua, de esa que solo podés quitar con la mano, esa que el aire no puede desaparecer. Esa que si pasás la mano queda ahí, no se desvanece. Esa agua que ves como vida. Esa agua que necesitás para vivir.

Esa agua que puede volver a condensarse para ser sólida, fuerte. Sin miedos.

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Un empujón

– Sí. Hay de todo tipos. Yo conozco varios. Hay uno que no olvido, uno en el colegio. Caí en el medio del pasillo y todos se rieron de mi.

– ¿Qué hiciste?

– Lo normal. Me levanté y seguí caminando. Bueno, haciendo una seña con la mano. Luego de eso estuve en la dirección un rato. Estaba en sétimo grado.

– Jajajaja. Sos Un tonto. ¿Qué dijo tu mami?

– Nada. Nunca se dio cuenta. Ella se enteró de muy poco del colegio. Yo era muy reservado. Otro empujón fue este año. Bueno, varios…

– ¿Sí?

– Sí. Recuerdo algunos importantes. ¿Vos no? Aunque algunos eran golpes, eran golpes de confianza.

– No te golpeaba… bueno, un poquito… pero esos no eran empujones. Jajaja.

– Sí, sí lo fueron… vos no los viste así… pero yo sí…

– ¿A dónde te empujaron?

– A vos… a acercarme.. en vez de alejarme eran empujones para conocerte mejor… para entrar a otra vida… a la vida… nuestra vida.

– ¿Lo ves así?

– ¿Vos no? ¿Te arrepentís de esos golpes? Yo no.

– Mmmm pero no fueron duros… jajaja

– Me arrepiento de haberte dicho que no lo hicieras… o de que sintieras que era un reclamo… eran golpes lindos… empujones a conocer…

– ¿Y qué conociste?

– En realidad nada.

– ¿¿??

– Sí… no conocí más que todo lo que quiero conocer con vos.

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El poder de un abrazo

Este es un interlude que debo hacer. Debo porque antes no lo había pensado.

Las personas olvidamos lo esencial. Olvidamos como poder conectarnos con otras, como entablar más que una conversación, una relación.

¿Cómo inicia una relación? Es sencillo. Una mirada abre puertas, sí esas puertas al alma de otro. Tomar la mano abre la puerta a la confianza. Mas un abrazo, te abre la puerta a un corazón.

Es difícil darlos. Cuando no los esperás, cuando ya olvidaste como hacerlo. Recuerdo uno, me sorprendió… me inmovilizó… el tiempo se congeló mientras yo no podía accionar mis brazos, pero mientras los que me rodeaban me sentían frío e inmóvil, yo los sentía cálidos. También sintieron como el fría se esfumaba.

Estuve inmóvil porque no había sentido tanta energía, porque no había sentido otro latir de un corazón que no fuera el mío. Ese otro corazón se sintió vivo, se siente vivo. Está vivo.

Conforme pasaron los segundos una paz me invadió. Aunque no pude responder el abrazo con la misma agilidad con el que me fue dado, lo respondí a mi modo.

Con el pasar de los días y la práctica que me fue dada a sentir ese otro corazón, mis abrazos ya eran ágiles y sobre todo llenos de mi, de lo que aquel primer abrazo me hizo sentir.

Un abrazo es conectar dos corazones para que sea uno solo. ¿No creés?

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Babosín, el caracol que recorrió su mundo.

Cap. 6
Seis menos doce.

Babosín es de esos que camina para pensar, no solo para hacer. Corre pero caminar le da más paz. Corre cuando es necesario, no por cobarde.

En una de esas caminatas en que lo que necesitaba estar consigo mismo, una voz entre las sombras les hizo una pregunta.

Seis menos once.

– ¿Qué tiempo lleva?

Babosín quedo mudo por la pregunta. Evidentemente él sabía lo que la sombra quería escuhar, una hora en específico, pero al oírla solo pudo responder en sus adentros el tiempo que lleva.

– Todo -se dijo en su interior-. Llevo todo el tiempo conmigo. El tiempo que me ha tocado caminar, vivir y respirar. El tiempo me acompañar desde siempre. Unas veces ligero, otras veces pesado. ¿Hoy? ¿En este momento? Llevo el tiempo que no necesito. No lo necesito porque no ha sido fácil. Porque idiotamente ha pensado en un tiempo que no existe y que él sabe que no puede darse. Un tiempo que hoy sabe que no tiene forma más que en su cabeza. Sí. Se le advirtió acerca de eso. Se le pidió que no lo hiciera, pero es su cabeza, su mundo, ese que no lo deja caminar sin pensar en el tiempo. 

La sombra lo sigue viendo. Babosín no dice nada. Sigue pensado.

– Puede ser una herida. Una caricia. Un soplido del viento en la frente. El tiempo puede ser todo y todo eso lo llevo. He tratado de olvidarlo, dejarlo, pero sigue conmigo. Lo sigo cargando. El tiempo es el que me hace sentir vivo, aunque duela, aunque me apriete al punto de no querer respirar.

Los ojos en la sombra lo miraron. Babosín reaccionó y dijo:
– Seis menos diez de la noche.
– Gracias, respondió la sombra.

Babosín siguió caminando con el tiempo.

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Cuento de sueño

-Basado en un sueño real-

Salía de por donde vivía Fallas, cerca de Escalante buscando como para el Centro Comercial Guadalupe. Era de noche, por lo que disponía a tomar un taxi.

Caminaba y cerca de una casa conocida no aparecía un taxi o medio de transporte. Sólo mis pies. Con cada paso que daba se oía un perro aullando, llorando.

A lo lejos lo logré ver.

El perro apareció delante mío. Era deforme. Estaba lleno de túmulos a un costado, y aunque se le veía caminar muy ágil, se veía que no disfrutaba su deformidad. Se detuvo y me miró.

Lo revasé mientas caminaba y asombrado vi que el lado donde era deforme tenía una especia de zipper sobre su piel o al menos eso noté porque estaba muy oscuro y la poca luz de los faros no me dejaba ver bien. El perro quieto me miró pasar sin moverse, solo sus ojos me siguieron.

Llegué a la esquina de lo que yo sabía era el Centro Comercial Guadalupe. Ya no existía o nunca existió. Era una bodega, tipo súpermercado chino. Me recordó uno que conocí de niño por la casa de un amigo.

Logré llamar un Taxy, uno pirata. Un carro azul de dos puertas. Viejo y maltratado como su dueño. Me dijo que subiera y abrió la puerta. Subí.

En ese momento un niño apareció corriendo, asustado. Nos dijo que su perrita necesitaba ayuda. El taxista abrió su puerta y salió corriendo con el niño.

Yo salí del Taxy mas no me acerqué, solo vi la escena de lo lejos. El niño regresó llorando diciendo que no había nada que hacer. Unos malditos quemaron viva a la perrita. El taxista, al lado del niño, me mira y baja la mirada.

A mí lado estaba el perro deforme. Cuando lo vi me sorprendí. Lo que parecía un zipper sobre su piel era una especie de chaleco que le quedaba grande. Dentro estaba lleno de piedras. Alguien estaba divirtiéndose de una manera egoísta.

El perro era grande pero temeroso. Me agaché y le di a oler mi mano. Me dejó acariciarlo. Cuando tuve su confianza, abrí el chaleco y las piedras empezaron a caer.

Su cara empezó a brillar. Empezó a mover la cola. El peso innecesario de su cuerpo empezó a ceder. Su deformidad hecha por los hombres también.

No tenía la mitad del chaleco vacío cuando se salió de él y se fue corriendo feliz a seguir su vida.

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