La luna del otro

La luna se acuesta. Siempre hemos creído que lo hace sola, que está sola, ¿no creés? Siempre solita, acostándose, despertándose… aparece, desaparece… a veces cuesta que desaparezca, como esas mañanas, lo hace porque no quiere que la olvidemos.

Ahí está. Ahí está la luna. Nos mira, cada noche, aunque nosotros no la veamos, ella sí. Las nubes, algunas veces, la oculatan, la lluvia también. La luna siempre estará ahí para consolarnos cuando nos sintamos solos. Porque si lo pensamos, está ahí, rodeada de muchas estrellas. Brillando, acompañando estrellas, viajeros, gente que duerme, gente que no duerme, ciudades dormidas.

Algunas veces la vemos sola, en el cielo, brillando, siendo espectacular como hoy. Pensamos que es pobre, porque está sola, no tiene a quien hablarle pero olvidamos que está con nosotros.

Cuando el sol viene a despertarnos, a hacer que abramos los ojos, la luna se acuesta. Por costumbre, recordamos más al sol porque con él vivimos, nos recuerda el tiempo casi nunca el espacio, pero la luna no. Siento que la luna es diferente. Ella es ese recuerdo de la esperanza, de los sueños.

Tal vez por eso me gustan más las noches. Tal vez por eso prefiero pensar más en la luna que en el sol. No me gusta que me queme el sol pero si me gusta que me acueste la luna.

Ahí está. Ya se va a acostar. Es una luna grande, brillante, hermosa, como tus ojos. Ya se va a acostar, ya cumplió su cometido. Nos hizo soñar. Nos hizo tener esperanza.

Ahora viene el sol a decirnos que debemos vivir.

Vivir por esos sueños.

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